20 000 a. J.C.
Arte
En algún momento posterior al 50 000 a. J.C., existió una variedad de neandertales con la región supraorbital menos pronunciada, incluso en los machos adultos, y con frente despejada, barbilla bien delineada y dientes más pequeños. En pocas palabras, se trataba de la clase de homínido —idéntica en todo— que nosotros somos. Somos Homo sapiens sapiens, y a veces se nos nombra hombre actual. Pero sería más apropiado decir seres humanos actuales, para dejar claro que no nos referimos sólo a hombres, sino a hombres, mujeres y niños.
Entre 50 000 y 30 000 a. J.C., las dos variedades de Homo sapiens coexistieron, pero en esta última fecha algunas cruces y, probablemente, matanzas en gran escala acabaron, con los neandertales, de tal manera que en los últimos 30 000 años, más o menos, todos los homínidos vivientes han pertenecido al tipo actual.
Los seres humanos actuales alcanzaron gran éxito. Por vez primera, superaron la zona de dispersión de Homo erectus. Entre 40 000 y 30 000 a. J.C., los seres humanos sacaron provecho de la existencia de puentes continentales creados por el descenso del nivel del mar. Así poblaron Australia desde el sudeste de Asia, y Norteamérica desde Asia nororiental. En ninguno de los dos continentes citados habían existido con anterioridad homínidos. También se abrieron paso hasta el Archipiélago japonés.
Las nuevas tierras fueron recorridas sistemáticamente, y hacia 10 000 a. J. los seres humanos habían alcanzado el extremo meridional de Sudamérica e incluso Tierra del Fuego, la isla más al sur de dicho subcontinente. Todas las áreas continentales, excepto la Antártida y las regiones heladas del Norte, fueron objeto de asentamientos.
Los seres humanos eran cazadores, desde luego, y desarrollaron ritos para mejorar sus éxitos. Al parecer, uno de ellos consistía en trazar dibujos de los animales que habían de ser cazados, acaso con la convicción de que la naturaleza imitaría el arte, o de que los espíritus que animaban a esos animales se mostrarían con ello más propicios y presentarían su cooperación.
En 1879, el arqueólogo español Marcelino de Sautuola (m. en 1888) estaba excavando la cueva de Altamira, en Cantabria, cuando su hija de doce años, que le acompañaba, descubrió unas pinturas en el techo y exclamó: «¡Toros, toros!» Las pinturas representaban bisontes, ciervos y otros animales, en rojo y negro, y fueron ejecutadas hacia 20 000 a. J.C.
Las pinturas demostraban la gran habilidad de aquellos artistas. Si se precisaba alguna prueba para dejar sentado que los primitivos seres humanos nos igualaban en el ámbito intelectual, ahora se aportaba una fehaciente. En los últimos veinte milenios, hemos acumulado una enorme cantidad de conocimiento y experiencia, pero ello no nos hace ni una pizca más humanos que esos antiguos artistas cavernarios.
En efecto, ese arte alcanza tal experiencia, que muchas personas se negaron a creer que fuera realmente antiguo, y lo atribuían a algún tipo de fraude, a una mixtificación moderna. Sólo el hallazgo de otras cuevas pintadas hizo que este arte fuera finalmente aceptado como antiguo.
Las pinturas fueron localizadas en lugares de difícil acceso en el interior de las cuevas, y resultaban invisibles salvo con luz artificial, lo que nos induce a creer que se ejecutaron con fines rituales y religiosos más que con propósitos estéticos. Con todo, son el resultado de infinitos esfuerzos, por lo que resulta difícil creer que los artistas no extrajeran alguna satisfacción de su trabajo.
Arcos y flechas
En algunas muestras del arte primitivo se representan claramente arcos y flechas en el momento de ser utilizados. Es incierta la antigüedad de esta arma, pero por lo menos hacia 20 000 a. JC. ya se empleaba.
El arco y la flecha es un dispositivo de la mayor importancia, porque es el primero inventado por seres humanos en el que la energía se almacena lentamente y se libera de pronto. Hizo posible el ataque a mayor distancia que la permitida por la lanza arrojadiza, y fue verdaderamente la primera arma para herir desde lejos. Está claro su valor en el ataque a un animal furioso, mucho más corpulento que el hombre y situado a gran distancia.
Arcos y flechas también debieron de usarlos unos humanos contra otros (destino que podría extenderse a cualquier otro objeto susceptible de causar daño, independiente de la finalidad con que hubiera sido concebido en principio). El arco siguió siendo un arma de primera importancia en la guerra hasta comienzos del siglo XV.
Lámparas de aceite
Una hoguera de troncos o maleza da luz, pero no es portátil. No puede dar luz precisamente donde se necesita. Por lo demás, la madera no es el único combustible: cuando los hombres asaban carne, sin duda se percataron de que la grasa, al gotear, se inflamaba.
Así pues, un fuego más pequeño, en una forma más concentrada, podía obtenerse empapando alguna madera porosa en aceite y prendiéndole fuego para formar una antorcha. Aún más práctico sería disponer algo de aceite en un depósito (una piedra agujereada, por ejemplo) con alguna fibra vegetal insertada en él a manera de mecha. El aceite empaparía la mecha y ardería hasta agotarse. Este artefacto podría trasladarse de un lugar a otro según las necesidades.
Existen indicios de que las primitivas lámparas de este tipo se usaron a partir de 20 000 a. J.C.